viernes, 30 de marzo de 2012

ODIO POR ODIO


Odio por odio (Odio per odio )
1967
Italia
Director: Domenico Paolella
Reparto: Antonio Sabato, John Ireland, Mirko Ellis, Nadia Marconi, Gloria Milland, Piero Vida, Fernando Sancho, Gianni Di Benedetto, Antonio Iranzo, Bruno Arie, Dony Baster, Mario De Simone, Alba Gallotti, Osvaldo Genazzani, Luigi Perelli, Emilio Sancho, Sergio Scarchilli
Guión: Mario Amendola, Bruno Corbucci, Fernando Di Leo, Domenico Paolella
Fotografía: Giovanni Bergamini, Alejandro Ulloa
Música: Willy Brezza


Producción italiana del año 1967 de Italo Zingarelli, productor ligado al cine de género europeo y especialmente al peplum y al spaghetti con las dos entregas de Trinidad en su haber, dirigida por Domenico Paolella, un veterano realizador que dio sus primeros pasos en el cine a finales de los años treinta para especializarse durante la década de los sesenta en películas de aventuras de bajo presupuesto al servicio de actores tan característicos de este género en Europa como el ex Tarzán Lex Barker o, entre otros, los culturistas norteamericanos Mark Forrest-Maciste y Peter Lupus-Hércules (conocido posteriormente por su participación en la serie “Misión imposible”), terminando por rodar en la década siguiente típicos filmes de explotación, en su versión nunexploitation, tan característicos como “Historia de una monja de clausura” y “Escándalo en el convento”, ambas de 1973.


Para la ocasión contó como actor principal con el canadiense John Ireland, veterano interprete que, tras participar a comienzos de los sesenta en dos superproducciones de Samuel Bronston filmadas en España: “55 días en Pekín” (Nicholas Ray, 1963) en el rol de un sargento norteamericano y “La caída del imperio romano” (Anthony Mann, 1964) en la que daba vida a un jefe bárbaro, se convertiría en un asiduo del cine europeo con especial incidencia en el spaghetti (solamente en 1968 intervino en siete westerns).

SINOPSIS: James Cooper, un veterano ladrón de bancos condenado a cadena perpetua, conoce en prisión a Miguel, un escultor y buscador de oro temporal, al que encarga que se ocupe de su familia. Pero tras escapar comprueba que tanto su mujer como su hija han sido secuestradas por Moxon, un antiguo socio que le traicionó, que además persigue el oro de Miguel, por lo que el destino de ambos amigos quedará dramáticamente ligado.


La película parte de un prometedor guión que, con una mayor hondura de lo habitual en este subgénero (no en vano entre los escritores se encuentra Fernando Di Leo, uno de los grandes guionistas de cine de género en Europa), desarrolla en paralelo dos historias que se entrecruzan a lo largo del largometraje para fusionarse en el último tercio.

Por una parte tenemos la más convencional protagonizada por Miguel, un mejicano soñador que pretende convertirse en un gran escultor para lo que decide ir a Nueva York, y por otra la mucho más interesante y cargada de connotaciones morales referente a Cooper, un viejo bandido que sueña retirarse con el producto de su último golpe.

El resultado es una película irregular y desequilibrada en la que además cobra, para mi gusto, excesivo protagonismo la parte, más ligera, correspondiente a Miguel, en detrimento de la historia, más grave, de Cooper.

Tampoco ayuda la dirección un tanto farragosa de Paolella que, por momentos, da la sensación de no saber traducir en imágenes el guión, por otra parte algo enrevesado, lo que da lugar a un filme desordenado, confuso, sobre todo respecto a la subtrama del oro codiciado por Moxon, difícil de seguir en buena parte de su metraje, con ambas historias mal ensambladas (tuve la sensación durante parte del metraje de estar viendo dos películas diferentes) y con un ritmo desigual, que sólo remonta con la presencia en la pantalla de un maravilloso John Ireland que, además, protagoniza las mejores escenas de la película (los dos reencuentros con su mujer, aquella en la que aquejado por la malaria toma quinina o el final del filme) pero al que el propio director parece, incomprensiblemente para mí, dar menos importancia que al personaje interpretado por Ernesto Sabato.

La irregularidad del largometraje se extiende a su banda sonora compuesta por Willy Breza, ya que junto con un buen y melancólico tema principal con el que se suele identificar al personaje de Cooper que se escucha con diversas variaciones, incluido una con arreglos a lo Morricone, aparece otro de corte festivo bastante cansino y, para mí, muy poco apropiado en relación con la historia narrada.

Sin duda una de las grandes bazas del filme fue contar con John Ireland que hace una interpretación sentida de Cooper, un bandido a la vieja usanza cansado de su vida que anhela un cambio en la misma pero al que el destino le negará cualquier posibilidad de reinserción. Desde el comienzo con el asalto al banco, en el que su socio asesina a sangre fría y sin su consentimiento a los tres empleados del mismo, se introduce la idea del carácter trágico y maldito de su persona. Circunstancia que se corroborará a lo largo de la película al presentarnos a un Cooper superado en todo momento por las circunstancias (su detención debida a una traición, el secuestro de su familia por Moxon), lo que le obligará a actuar en función de éstas, impidiéndole retomar las riendas de su vida.

Además, da la sensación de que este interesantísimo personaje fue fuente de inspiración para la creación, al año siguiente, de otros dos. Por una parte, el Mason (interpretado por Gilbert Roland) de la ya comentada en este blog “Los profesionales del oro”, con el que Fernando Di Leo retomaba la idea de su enfermedad (ambos personajes padecen de malaria lo que les lleva a estar inermes en determinadas situaciones); y ,por otra, a Ralph, al que también dio vida Ireland, en “Cuanto cuesta morir” (también reseñada), un viejo pistolero cansado y avergonzado de su pasado que, al igual que Cooper, oculta su verdadera identidad a su hijo el cual ni tan siquiera sabe que es su verdadero progenitor.

Junto al veterano pistolero, y siguiendo la costumbre del western clásico de combinar un actor consagrado con una joven promesa, nos encontramos a Miguel, interpretado por Ernesto Sabato, un joven soñador e idealista que le sirve de contrapunto. El problema radica en que, a pesar de que para mi gusto nos ofrece una interpretación superior a las de “Más allá de la ley” y “Llego, veo y disparo” (ambas con sus respectivas reseñas), no está a la altura del actor canadiense por lo que se produce un nuevo desequilibrio.

En papeles secundarios aparecen la “marchentiana” y envejecida para la ocasión Gloria Milland dando vida a María, la sufrida esposa de Cooper; el gran Fernando Sancho que se limita a estar en el intranscendente rol de Coyote, una especie de mafioso que controla las explotaciones de oro en Stone Canyon, tiene capacidad para corromper a los jueces y cuya presencia en la película no entendí; y un tan sólo aceptable Mirko Ellis como Maxon, antiguo socio de Cooper y causante de sus desgracias.

En resumen, un spaghetti con un punto de partida interesante y un personaje principal de gran potencial pero con un desarrollo embarullado y decepcionante.



PUNTUACIÓN:

HISTORIA: 6
AMBIENTACIÓN: 6
DIRECCIÓN: 4
ACTORES: 6
MÚSICA: 5

MEDIA: 5,4

miércoles, 28 de marzo de 2012

LA NOCHE DE LA SERPIENTE

La noche de la serpiente (La notte dei serpenti)
1969
Italia
Director: Giulio Petroni
Reparto: Luke Askew, Luigi Pistilli, Magda Konopka, Chelo Alonso, Guglielmo Spoletini, Franco Balducci, Giancarlo Badessi, Luciano Casamonica, Monica Miguel, Jose Torres, Gina Rovere, Lucia Bose, Ottavio Piccoli, Liliana Pavlovic, Bruno Boschetti, Paolo Natale, Clara Colosimo, Franco Valobra, Benito Stefanelli, Indio Gonzalez
Guión: Fulvia Gicca, Enzo Gicca Palli, Giulio Petroni
Fotografía : Mario Vulpiani, Silvio Fraschetti
Música: Riz Ortolani

Producción italiana de 1969 filmada por Giulio Petroni, un director no tan conocido como Sergio Sollima o Sergio Corbucci ni con la reputación de éstos, y para mí a la altura del primero e, incluso, por encima del segundo. En su corta filmografía, apenas quince títulos, mostró predilección por el western, rodando cinco entre 1967 y 1972 que se caracterizaron (su último spaghetti “Ya le llaman Providencia” no lo he visto pero por lo que he leído es una comedia que según parece no merece mucho la pena) por su tono melancólico y por dar mayor importancia a los personajes (en sus westerns se lleva a cabo un estudio sobre la naturaleza humana) y a las relaciones entre ellos que a la acción mecánica. Así, sus cuatro spaghettis se van articular en torno a la estrecha relación, a cuyo nacimiento y evolución asistiremos, entre dos personajes: en “De hombre a hombre” (1967) los personajes interpretados por Lee Van Cleef y John Philip Law establecerán una relación maestro-alumno que se tornará paterno-filial; en “Por techo las estrellas” (1968) nos encontramos con la relación “profesional” y afectiva de dos pícaros con caracteres opuestos que ni tan siquiera tienen un hogar, de ahí el poético título, unidos con el objeto de poder subsistir; en “Tepepa” (1969) el revolucionario mejicano al que daba vida Tomas Milian y el doctor inmerso en la revolución aparecen vinculados por un hecho luctuoso del pasado que condicionará su presente a pesar del creciente respeto e, incluso, admiración del segundo por el primero; mientras que en el filme que nos ocupa el alcoholizado pistolero se convertirá en el protector y, por momentos, improvisado padre del niño al que, en principio, debía matar.

Película, esta última, extraordinaria, y cuyo guión fue escrito por el propio Petroni juntoa Lorenzo y Fulvio Gicca Palli, que creo confirma al primero como uno de los directores más interesantes de este subgénero tanto por lo que cuenta como por la forma de contarlo.

SINOPSIS: Luke, un alcoholizado pistolero que malvive junto a la banda de Pancaldo, es contratado para acabar con un individuo. Al acudir a la cita comprueba que la persona a asesinar es en realidad un niño y que él se convertiría posteriormente en el chivo expiatorio. A partir de ese momento pasará a ser el defensor del niño e intentará averiguar el porqué del encargo y quiénes están detrás de él, en un proceso que supondrá su rehabilitación física y moral.


El largometraje, cuya línea argumental sería retomada por Lucio Fulci en la recientemente comentada “Montura de plata” (1978), pivota en torno a varios temas relacionados con la condición humana:

En primer lugar nos encontramos con una historia, que hunde sus raíces en la moral cristiana, sobre el pecado, la culpa y la redención puesto que el protagonista es un individuo destrozado por haber matado accidentalmente a su hijo, cuyo único refugio y consuelo lo constituye el alcohol y que verá la posibilidad de exorcizar sus demonios y expiar sus culpas ayudando al niño y enfrentándose contra aquéllos que lo quieren ver muerto.

La segunda cuestión planteada es el de la codicia del ser humano, ya que el complot para asesinar a Manuel tiene por objeto adueñarse de su herencia consistente en 10.000 dólares. Además este tema le sirve a Petroni para llevar a cabo una crítica de la sociedad puesto que, conociendo su compromiso social y su condición de miembro del partido comunista italiano, no creo que sea casualidad que los personajes implicados sean el dueño de una cantina (representante de la burguesía y, por tanto, del poder económico), el alcalde (representante del poder civil), el sacerdote (representante del poder religioso) y el teniente de policía (representante del poder militar, ya que forma parte de un cuerpo militarizado) y a todos ellos, además, los iguala con la quinta implicada, una prostituta.

Además, nos presenta una sociedad en la que los militares ejercen su poder sobre el pueblo de forma despótica, casi absoluta, y sin ningún tipo de garantía, como lo prueba el hecho de que el teniente Hernández obligue al resto de los miembros del complot a seguir sus planes amenazándoles en caso contrario con la horca; así como, la escena en la que vemos a un campesino siendo azotado a la vista de sus vecinos en la plaza del pueblo o el plano en el cuartel en el que se lee la leyenda “Por la razón o por la fuerza”.

Por último tenemos un tercer asunto, la hipocresía. Así, nos retrata una sociedad profundamente falsa con escenas tan significativas como aquella en la que la mujer del alcalde llora falsamente su muerte cuando en otra anterior hemos conocido cuál era su verdadera relación o en la que el sacerdote pretende comprar, con el dinero robado de los cepillos, los servicios de Dolores, la prostituta, a la que en público increpa constantemente.

Pero, curiosamente, la mirada de Petroni hacia estos personajes abyectos es, salvo en el caso del teniente Hernández (un ser frío capaz de no detenerse ante nada para conseguir sus fines), en cierto modo piadosa, como si comprendiese sus debilidades, retratándolos como unos individuos patéticos y víctimas tanto de las circunstancias como de sus vicios. En este sentido son muy significativas distintas escenas como aquella en la que el alcalde intenta robarle a su mujer los 125 dólares necesarios para contratar al pistolero y evitar las amenazas de Hernández, la del cantinero intentando ahogar a Manuel en la que parece sufrir más que éste o la del sacerdote pretendiendo encamarse con Dolores.

Para encarnar a estos complejos personajes contó con un plantel de actores que desarrollaron su trabajo con gran eficacia. Luke Askew, un actor de carácter norteamericano al que hemos podido ver, para circunscribirnos sólo al ámbito del far-west, en la crepuscular “El más valiente entre mil” (Tom Gries, 1968) protagonizada por Charlton Heston, la para mí sobrevalorada “Sin ley ni esperanza” (Philip Kaufman, 1972) revisitación sobre la vida de los hermanos James y Younger, la innecesaria “El desafio de los siete magníficos” (1972) en la que cabalgó junto a Lee Van Cleef-Chris, la agónica “Pat Garret y Billy the Kidd (Sam Peckinpah, 1973) o la curiosa “Los justicieros del Oeste” dirigida e interpretada por Kirk Douglas en 1975, está estupendo en el rol del alcoholizado Luke, un personaje muy alejado del prototipo del pistolero spaghettero que, como le ocurría a Clay McCord en “Un minuto para rezar, un segundo para morir” (filme realizado un año antes y ya reseñado), se muestra como un individuo vulnerable; además de estar claramente influenciado por el personaje de Dude en la obra maestra de Howard Hawks “Rio Bravo” (1959), no sólo porque en los dos casos son seres que se han visto arrastrados a la bebida por un hecho ocurrido en el pasado, sino porque su presentación, en la que contemplamos su degradación moral, es muy similar: Dude, en una secuencia muda magistral no dudaba en recoger una moneda lanzada a una escupidera para pagarse un whisky, mientras que Luke se rebaja a limpiar las botas de un forajido para obtener su ración de tequila, en realidad orín; y porque en ambos casos su antiguo sombrero se convierte en símbolo de su rehabilitación. Nos encontramos, por tanto, ante un individuo profundamente herido, como señala Pancaldo a Hernández en el inicio del filme al comentarle que: “Tengo el hombre adecuado para ti. Lo suficientemente vivo como para matar a alguien y lo suficientemente muerto para que no le importe si le matan”; que, incluso, ha perdido su condición de hombre (el propio Pancaldo en esa misma escena vuelve a comentar refiriéndose a Luke: “Hace tiempo fue un gringo. Ahora no es mejor que un perro. Lo llamas con un silbido y camina con una patada”).

El habitual Luigi Pistilli, que ya había trabajado con Petroni en “De hombre a hombre” y en una de las mejores interpretaciones que le recuerdo, está sobresaliente, eclipsando al resto del notable reparto, como el teniente Hernández, un ser inmoral y corrupto que mantiene una especie de sociedad con Pancaldo, cuya única obsesión es hacerse con el dinero de la herencia caiga quien caiga.

Junto a ellos nos encontramos con un estupendo William Bogart, en realidad Gugliemo Spoletini, en el rol de Pancaldo, el típico revolucionario devenido en bandido con un peculiar sentido de la justicia. La ex bailarina cubana Chelo Alonso, inolvidable novia de Tomas Milian en la ya comentada “¡Corre Cuchillo, corre!”, perfecta, en su último papel para el cine, como la expansiva y descarada Dolores; mientras que el niño Luciano Casamonica, al igual que ocurría en la también comentada “Tepepa”, hace un gran trabajo en el papel de Manuel y Magda Konopka aporta su belleza a María, la bruja que ha recogido en su casa a aquél.

La película se redondea con la cuidada fotografía de Mario Vulpiani, una sobresaliente labor de ambientación y una gran y bellísima banda sonora de Riz Ortolani, en la que destaca un tema de corte clásico y melancólico e instrumentación minimalista, apenas se aprecia una guitarra acústica y algo de percusión, que me recordó a la canción principal compuesta por el gran Dimitri Tiomkin para “Solo ante el peligro”, con el que se identifica al protagonista y que se tornará más vivo con la utilización de guitarras eléctricas y una sección de vientos cuando éste se haya recuperado. También me parecieron muy adecuados uno de corte mejicano que orquesta las apariciones de Pancaldo y otro más propio de un filme de misterio o de terror que se escucha principalmente en la escena de atmósfera gótica en la que Luke llega por primera vez a casa de Manuel.

Por lo que respecta a los aspectos menos logrados, que para mí apenas empañan el resultado final, destacaría:

El abuso feista al recurso del zoom por parte de Petroni, en una película que, por lo demás, está impecablemente dirigida y a la que dota del ritmo pausado adecuado para la historia que cuenta. Pero ¡qué se le va a hacer si el dichoso zoom fue distintivo del spaghetti en particular y del cine realizado en esos años en general!

Los continuos, pesados y horrorosos flasbacks que, creo, proliferan en exceso durante la primera parte de la película.

La excesivamente rápida transformación del protagonista, aunque en caso contrario quizás se hubiese alargado en exceso el metraje.

El final un tanto forzado y contrario al tono sombrío y de profunda amargura del filme.

En definitiva un magnífico y profundo western que se aleja de la ligereza y la falta de connotaciones morales de la mayoría de las películas que constituyeron este subgénero, por lo que creo es de obligada visión para todo aficionado. Lástima que su adquisición sea realmente difícil.

PUNTUACIÓN:

HISTORIA: 9
AMBIENTACIÓN: 9
DIRECCIÓN: 8
ACTORES: 8
MÚSICA: 7

MEDIA: 8,2

martes, 20 de marzo de 2012

MONTURA DE PLATA

Montura de plata (Sella d'argento )
1978
Italia
Director: Lucio Fulci
Reparto: Giuliano Gemma, Geoffrey Lewis, Sven Valsecchi, Ettore Manni, Donal O'Brien, Gianni De Luigi, Cinzia Monreale, Licinia Lentini, Aldo Sambrell, Philippe Hersent, Sergio Leonardi, Karine Stampfer, Agnes Kalpagos, Anna Maria Tinelli, Juan Antonio Rubio
Guión: Adriano Bolzoni
Fotografía: Sergio Salvati
Música: Fabio Frizzi, Vince Tempera, Franco Bixio

Producción italiana de 1978 rodada en España (principalmente en Almería) que prácticamente puso final a este subgénero. Su director fue el controvertido Lucio Fulci, uno de los reyes del gore a través de filmes de terror (son famosos sus películas sobre zombies) de una violencia explicita, para mí, insoportable y generalmente caracterizados por imágenes de gran impacto en detrimento de la coherencia argumental de la película.

Más interesante me resulta su etapa inmediatamente anterior (desde finales de los sesenta hasta mediados de los setenta) en la que dirigió varios giallos, demostrando que podía articular un discurso narrativo coherente. Así rodaría sucesivamente las estimables “Una historia perversa” (un giallo hitchcockniano de 1969) y la elegante “Siete notas en negro” (1977) protagonizada por una estupenda, en todos los sentidos, Jennifer O’Neill; así como las imprescindibles “Una lagartija con piel de mujer” (filme de 1971 protagonizado por Florinda Bolkan con una fuerte carga surrealista) y, sobre todo, “Angustia de silencio”, magistral giallo rural de 1972 también con la Bolkan como actriz principal y con una de las escenas más hirientes, perturbadoras y brutales que he visto, en la que contrasta perfectamente la salvajada a la que asistimos con la preciosa melodía que se escucha de fondo.

De este mismo período datan sus incursiones en el spaghetti con dos westerns muy diferentes. Por una parte “Los colts cantaron la muerte y fue tiempo de matanza” (1966) un arquetípico, aunque hiperviolento y sangriento spaghetti (la escena inicial parece anticipar el gusto del director por el sadismo) que creo está sobrevalorado a pesar de su magnífico tramo final; y por otra, el desconcertante “Los cuatro del apocalipsis” (1975), un filme irregular donde, tras un brillante y de nuevo violento comienzo, el director parece trasladar algunas de sus obsesiones al mundo del far-west, con lo que el resultado obtenido es uno de los spaghettis más extraños que he visto con cuatro individuos vagando por un Oeste realmente apocalíptico.

Entre ambas también rodaría dos películas mezcla de spaghetti y aventuras basadas en el personaje de Colmillo Blanco creado por el escritor y aventurero estadounidense Jack London y protagonizadas por Franco Nero que recuerdo haber visto de niño, “Colmillo Blanco” (1973) y “La carrera del oro” (1974).

SINOPSIS: Roy Blood vio de niño cómo uno de los secuaces del magnate Barret, al que él mismo dio muerte, asesinaba a su padre. Pasado el tiempo y convertido en un famoso pistolero que monta una silla de plata se verá involucrado en un complot con un doble objetivo: matar a Thomas, el hijo menor de Barret, y acabar con él; por lo que junto a Serpiente, un peculiar bandido, se erigirá en el protector del niño con el objeto de averiguar quién está realmente detrás del complot. La situación, además, se complicará con la aparición de la banda de Garrincha, un temible bandolero mejicano, que secuestrará a Thomas.


La película, una tardía producción de Piero Donati (responsable de todos los spaghettis dirigidos por Fulci en la década de los setenta) que tenía como destino principalmente el mercado asiático en donde todavía resultaba rentable este tipo de productos, no me ha terminado de convencer por su irregularidad, ya que tarda un poco en arrancar y a pesar de que cuenta con numerosas escenas de acción, algunas de ellas como el tiroteo en una posta realmente bien filmadas, su ritmo es desigual, y a ello hay que añadir la mirada, para mi gusto, excesivamente fría de Fulci hacia lo que nos está contando, como si realmente no le interesara demasiado, con lo que consiguió que no terminara de entrar del todo en la historia.

No obstante creo que el largometraje presenta ciertas características interesantes que me han llamado la atención.

Así por ejemplo, y como haría en 1975 Don Siegel con John Wayne (prototipo del cow-boy clásico) en “El último pistolero”, da la sensación de que, como señala Belane en la reseña publicada en su blog, con este filme se pretendió de alguna manera homenajear a Giuliano Gemma, introduciéndose todo tipo de situaciones o localizaciones ya aparecidas en otras películas de este icono del spaghetti, desde “Una pistola para Ringo”, pasando por “Un dólar marcado” o “Y por techo las estrellas” (las semejanzas las tenéis extensamente recogidas en la estupenda reseña anteriormente citada).

Por otra parte, Fulci nos muestra un Oeste en el que nada es lo que parece: las prostitutas se comportan como madres, los frailes calzan colts, los pistoleros se convierten en improvisados protectores de niños (en este sentido esta producción presenta ciertas semejanzas con la magnífica “La noche de la serpiente” dirigida por Giulio Petroni nueve años antes) mientras que aquéllos, lejos de ser seres indefensos, se muestran hábiles con las armas de fuego y mortales con el cuchillo.

Además, aunque el filme tanto estética como temáticamente es muy spaghettero, se aprecia el intento por parte del director y del guionista, el prolífico Adriano Bolzoni, por huir de las situaciones más tópicas vistas hasta la extenuación en este subgénero, desde la casi imprescindible partida de cartas hasta la consabida paliza al héroe, pasando por las interminables peleas que se solían alargar hasta el hartazgo (en la película solamente hay una muy corta que culmina con el magnífico tiroteo que cite en un párrafo anterior).

Por último, Fulci parece abandonar su gusto por el sadismo y la violencia más explícita, a pesar de que el filme contiene abundantes tiroteos, y nos ofrece una película más amable, casi familiar, no sé si por influencia del tipo de spaghettis que solía rodar Gemma, e incluso, por momentos, tierna, en la que en gran parte de la misma cobra mucha importancia la relación que se establece entre el niño y el taciturno y cansado pistolero. Lástima que ese distanciamiento mantenido por Fulci impida que nos podamos conmover con la mencionada relación, aunque en su haber cabe señalar que por lo menos no la edulcora y no cae en la ñoñería.

Desde el punto de vista técnico estamos ante una producción cuidada en la que el director contó con personal que sería habitual en sus largometrajes posteriores como el director de fotografía Sergio Salvati, que dota, por ejemplo, de una atmosfera gótica a la escena que se desarrolla en el cementerio, o el ayudante de dirección Roberto Giandalia. Pero, sin duda para mí, destaca el trabajo del gran Carlo Simmi.

La irregularidad en el ritmo de la película creo que se mantiene en la banda sonora quizás debida a la participación de tres compositores, entre ellos Franco Bixio. Así, como ocurría en “Los cuatros del Apocalipsis”, nos encontramos con una melodía principal cantada totalmente descontextualizada, al ser más propia de grupos como Bread o Carpenters que de un western, melodía que, además, se repite con distintas variaciones a lo largo del filme. Por el contrario se pueden escuchar dos temas, para mí, más afortunados: uno de corte cómico con predominio de un banjo mediante el que se identifica al personaje de Serpiente, y otro muy spaghettero que orquesta varias secuencias de acción.

Por último respecto a los actores, nos volvemos a encontrar con Giuliano Gemma en el que sería su penúltimo western (tan sólo rodaría la anacrónica, 1985, “Tex y el señor de los abismos”, cerrando de esta forma el círculo de sus intervenciones en este subgénero al estar dirigida por Duccio Tessari, realizador con el que dio sus primeros pasos en el spaghetti). En esta ocasión podemos disfrutar de él en un registro más grave (cercano a sus interpretaciones en las ya comentadas en este blog “El día de la ira” y, sobre todo, “California”), demostrando que no sólo era un rostro agraciado, una perfecta sonrisa (aquí está matizada por una profunda melancolía) y un competente atleta. Junto a él destaca Geofrey Lewis, un secundario de Hollywood con más de doscientas apariciones entre cine y televisión y recordado por sus colaboraciones con Clint Eastwood, que está sobresaliente dando vida a Serpiente, un pícaro forajido especializado en la rapiña y siempre presto para obtener beneficio de cualquier situación, que se convertirá en el gran aliado de Roy. También es destacable el trabajo del niño Sven Valsecchi como Thomas al conseguir que su personaje no se haga estomagante. Además, los aficionados a este subgénero, podemos disfrutar de nuevo de rostros tan conocidos como el de Aldo Sambrell, otra vez en un rol negativo como Garrincha, Donal O’Brien en el papel de Fletcher, el fiel lugarteniente de Barret, o Ettore Manni, que había trabajado con Gemma en la también comentada “El hombre del Sur”, dando vida al ambicioso magnate.

En resumen un aceptable y crepuscular spaghetti, técnicamente bien hecho, que se sitúa, pese a su irregularidad, por encima de la media.

PUNTUACIÓN:

HISTORIA: 6
AMBIENTACIÓN: 7
DIRECCIÓN: 5
ACTORES: 7
MÚSICA: 4

MEDIA: 5,8

martes, 13 de marzo de 2012

LE SEGUÍAN LLAMANDO TRINIDAD

Le seguían llamando Trinidad (Continuavano a chiamarlo Trinita )
1971
Italia
Director: Enzo Barboni
Reparto: Terence Hill, Bud Spencer, Yanti Somer, Enzo Tarascio, Harry Carey Jr., Pupo De Luca, Jessica Dublin, Dana Ghia, Emilio Delle Piane, Enzo Fiermonte
Guión: Enzo Barboni
Fotografía: Aldo Giordani
Música: Guido De Angelis, Maurizio De Angelis


A finales de 1970 se estrena “Le llamaban Trinidad” un western dirigido por E. B. Clucher, en realidad Enzo Barboni, que se apuntaba a la tendencia de los westerns paródicos que empezaron a proliferar desde mediados de los sesenta tanto en el cine estadounidense con películas como “4 tíos de Texas” (Robert Aldrich, 1963), “La batalla de las Colinas del Whisky” (John Sturges, 1965) o “También un sheriff necesita ayuda” (Burt Kennedy, 1969); como en el western europeo con propuestas de directores tan representativos de este subgénero como Enzo G. Castellari (“Llego, veo y disparo” de 1968), Giulio Petroni (“Por techo las estrellas” también de 1968) o Duccio Tessari (“Vivos o preferiblemente muertos” de 1969). Tomando el filme de Barboni en relación con estas dos últimas el esquema, aunque según han manifestado sus protagonistas de forma un tanto improvisada ya que en principio el guión estaba escrito para un sólo actor, de dos individuos con caracteres muy diferentes e, incluso, incompatibles que, no obstante, permanecían unidos para la consecución de un fin común; con la particularidad de que en la última de las películas citadas la pareja estaba formada por dos hermanos, y además en diversas escenas, como en el caso de la cinta de Barboni, se rendía un sentido homenaje a través de gags básicamente visuales tanto al cine cómico de la época muda como al cine de animación.

El éxito del filme fue tal que influyó decisiva y, para mí, negativamente en el desarrollo del western hecho en Europa en la década de los setenta, proliferando a partir de su estreno westerns que, intentando capitalizar el impacto del largometraje de Barboni, copiaron, en la mayoría de los casos de forma chabacana y chapucera, el tipo de humor desarrollado en la película y/o introdujeron, sin sonrojo, el nombre de Trinidad en sus títulos fueran o no comedias y aunque no tuvieran nada que ver con el filme original (la ya revisada “Cuatro pistoleros de Santa Trinidad”, “Un asesino en Trinidad”, “Los fabulosos de Trinidad” o “Ninguno de los tres se llamaba Trinidad” constituyen claros ejemplos de esta tendencia).



Entre tanto título bastardo sólo se hicieron dos secuelas oficiales: la película que nos ocupa estrenada con retraso en 1971 debido a la incidencia en la taquilla del largometraje original y que volvió a ser un rotundo éxito incluso mayor que la primera, y la tardía “Trinidad y Bambino: tal para cual” (1995) dirigidas ambas por Enzo Barboni, un cineasta muy ligado al western hecho en Europa ya que participó como director de fotografía, entre otros, en filmes tan representativos como “Django”, “El precio de un hombre”, “Adiós Texas” o “Un ejército de cinco hombres” (todas ellas con sus respectivas reseñas en este blog), mientras que su primera película como director fue la también reseñada “Chiakmull. Puerta abierta al infierno” (1970) un estimable western de tintes shakesperianos, desarrollo rocambolesco y cuidada factura técnica.

Barboni seguiría colaborando, como guionista y como director, con Hill y Spencer (juntos o por separado) durante los setenta y ochenta en películas que aplicaban básicamente la misma fórmula como “Dos súper policías” (1977), “Dos súper dos” (1984) o “También los ángeles comen judías” (1973) en la que Terence Hill era sustituido como compañero de Bud Spencer por Giuliano Gemma, otro icono del cine de género europeo.

SINOPSIS: Bambino, al coincidir con su hermano Trinidad en el rancho de sus padres, le promete a su moribundo progenitor que cuidará de su hermano y le enseñará el oficio de forajido. Pero, tras diversas aventuras, llegarán a Tascosa en donde serán confundidos con dos agentes del gobierno y se verán envueltos en una operación de tráfico de armas cuyo centro es el cercano monasterio de San José.

Esta segunda parte lleva aún más lejos el intento de parodiar las situaciones propias del western hecho en Europa (en la primera parte todavía había un duelo a muerte entre Bambino y tres pistoleros) haciendo bandera de una violencia más cercana a los dibujos animados cuya consecuencia es nula y con una total ausencia de sangre y muertos, en un momento en el que el público estaba comenzando a saturarse de ambos. El problema para mí es que, tras iniciarse con una aceptable escena de presentación de ambos hermanos con unos ingenuos pistoleros a los que sucesivamente les robarán la comida (un plato de judías, por supuesto), y al contrario de la primera parte que desarrollaba una historia clásica de enfrentamiento entre poderosos ganaderos y colonos por un mismo territorio en la que estaban muy bien insertados los gags, en ésta el hilo argumental es prácticamente inexistente por lo que el filme se reduce a una serie de escenas que de forma inconexa buscan la carcajada del espectador, dando la sensación de que la película se iba rodando a medida que se les ocurrían las ideas al propio Barboni o a los protagonistas (de hecho la célebre escena del restaurante parece ser que fue fruto de la inspiración de Hill y Spencer), y que la lógica de la película sólo obedece al criterio de éstos (por ejemplo parece bastante improbable que continuamente ambos hermanos se estén encontrando con la familia de colonos). Además, esta secuela pierde parte del espíritu transgresor de la primera en la que se llevaba a cabo una cierta crítica tanto al poder como a la religión e incluso parecía hacer suyo alguno de los postulados de los movimientos sociales de la época (Trinidad se comportaba como un hippy en el Oeste). Así nos encontramos con un filme más conservador con escenas como la que se desarrolla en el rancho de los padres de los protagonistas en la que, como en los westerns clásicos, se presenta a la familia, aunque en este caso con sus peculiaridades, como un pilar básico de la sociedad o la que tiene lugar en el río entre Trinidad y la hija de los colonos que culmina con un beso casto y contrasta con otra de la primera parte que también se desarrollaba en un río y sugería un menage a trois entre Trinidad y dos pioneras. Por lo demás, y como ocurría en el filme original, la película descansa en el magnetismo de la pareja protagonista y se basa en peleas de corte humorístico muy bien coreografiadas, junto con algunos juegos de palabras (especialmente afortunado me pareció aquél en el que mandan a Lucifer al diablo) y chistes escatológicos de dudoso gusto (el bebé de los pioneros sufre de aerofagia y ellos cuando comen eructan sin parar); sobresaliendo secuencias como la de la pelea final que en un momento dado se asemeja a un partido de futbol norteamericano (no sé hasta qué punto pudo estar influenciada por el final de “Llego, veo y disparo” en la que los protagonistas se disputaban un bolso como si estuvieran jugando un partido de waterpolo) o la de la partida de cartas en la que Barboni se cita a sí mismo (la escena es una parodia de la protagonizada por George Eastman en “Chiakmull” en la que éste demostraba sus habilidades barajando y repartiendo los naipes).
Además la película cuenta con una correcta factura técnica, destacando el trabajo de de Aldo Giordano como director de fotografía y la notable labor de ambientación beneficiada por un presupuesto que se antoja menos cicatero de lo habitual (como productores volvieron a participar, entre otros, el estadounidense Joseph E. Levine, supongo que con el fin de facilitar la comercialización del largometraje en los EEUU, e Italo Zingarelli).


Por el contrario, me llamó la atención la muy floja banda sonora de los hermanos De Angelis con una canción principal deudora del pop-folk de finales de los sesenta y poco apropiada para un western, aunque éste sea paródico, mientras que el resto de los temas pasa prácticamente desapercibido.

Sin duda una de las razones del éxito de la película radica en la estupenda química entre los dos protagonistas que ya habían demostrado su perfecta compenetración no solamente en la entrega anterior de las andanzas de Trinidad y Bambino sino también en la trilogía dirigida por Giuseppe Colizzi sobre Cat Stevens y Hutch Bessy (las también comentadas en este blog “Tú perdonas…yo no”, “Los cuatro truhanes” y “La colina de las botas”), con la particularidad de que el final de la última película de la mencionada trilogía, con una gran pelea de corte cómico, es muy similar a los finales de las dos entregas de Trinidad . Terence Hill vuelve a sobresalir como Trinidad, un vago y desarrapado pillo que no obstante muestra un gran corazón (en este sentido es muy significativa la escena en la que tras intentar asaltar a una familia de colonos termina por ayudarlos a poner la rueda y les da dinero) por lo que, cual caballero andante, se dedicará a desfacer entuertos protegiendo al más débil; en esta película además parece abandonar su conducta licenciosa y se muestra como un individuo realmente enamorado del personaje interpretado por Yanti Somer. Bud Spencer está magnífico como Bambino, el hermano gruñoncete y fuertote de Trinidad que sufre las consecuencias de los enredos de éste. El resto del reparto palidece ante el magnetismo de ambos actores, destacando, no obstante, la aparición de Harry Carey Jr. (hijo del actor de cine mudo Harry Carey) un secundario de la época dorada de Hollywood todavía en activo y con más de ciento cincuenta apariciones en su haber entre el cine y la televisión, siendo sobresalientes sus colaboraciones con John Ford (“Tres padrinos”, “La legión invencible”, “Caravana de paz”, “Río Grande”, “Centauros del desierto”, “Dos cabalgan juntos” o “El gran combate”) y que en esta película da vida, en un breve papel, al padre de nuestros héroes. También distinguí a algunos rostros habituales de este subgénero como Dana Ghia o Benito Stefanelli.

Tengo el DVD puesto a la venta por Impulso Records que está más cuidado de lo habitual, aunque tampoco esto es decir mucho, con buena imagen y sonido y algunos extras interesantes como el fragmento de entrevista, horrorosamente subtitulado, a los dos protagonistas.

En definitiva, un filme amable y simpático para incondicionales de la pareja Hill-Spencer, a los que ambas películas de Trinidad convirtieron en grandes estrellas del cine europeo de los setenta y ochenta, o para aquellos que disfruten con el western paródico, que no es mi caso, y muy superior a la legión de westerns que intentó copiar la fórmula de su éxito.


PUNTUACIÓN:

HISTORIA: 3
AMBIENTACIÓN: 7
DIRECCIÓN: 6
ACTORES: 7
MÚSICA: 4

MEDIA: 5,4

martes, 6 de marzo de 2012

EL DESPERADO

EL DESPERADO
1967
Italia
Director: Franco Rossetti
Reparto: Andrea Giordana, Rosemarie Dexter, Franco Giornelli, Dana Ghia, Piero Lulli, Aldo Berti, Giovanni Petrucci, John Bartha, Giuseppe Castellani, Giorgio Gruden, Gianluigi Crescenzi, Sandro Serafini, Antonio Cantafora, Pino Polidori, Andrea Scotti, Dino Strano, Claudio Trionfi, Osiride Pevarello
Guión: Ugo Guerra, Franco Rossetti, Vincenzo Cerami
Fotografía: Angelo Filippini
Música: Gianni Ferrio

Spaghetti de nacionalidad italiana de 1967 producido por la pareja Ugo Guerra y Elio Scardamaglia, este último con bastante experiencia en el péplum, a través de las productoras Daiano Film y Leone Film, dos pequeñas compañías que nos ofrecieron algunas muestras notables en este género como, las ya comentadas en este blog, “Johnny el vengador” (Enzo G. Castellari, 1968), “Forajidos implacables” (Alberto Cardone, 1969) o “Los desesperados” (Julio Buchs, 1969).

En esta ocasión contaron como director, en su única incursión en este subgénero, con Franco Rossetti, un cineasta más conocido por su faceta como guionista, sobre todo en el spaghetti western con títulos como la imprescindible “Django”, la magnífica “Adiós Texas”, o las interesantes “El clan de los ahorcados” y “La puerta del infierno” (todas ellas cuentan con sus correspondientes reseñas); que como director, ya que tan sólo se puso detrás de la cámara en siete ocasiones más, con resultados discretos. Por lo que es una lástima, dado el nivel alcanzado con esta película, que no rodara más westerns.

SINOPSIS: Steve Blasko, un forajido sin escrúpulos, tras ser salvado de la horca por su amigo Jonathan topará con un moribundo oficial sudista que antes de morir le revelará la existencia de 75.000 dólares custodiados por su padre en Overton. Con la finalidad de apoderarse del preciado botín no dudará en suplantar la personalidad del oficial muerto y se dirigirá a la citada ciudad, en realidad un pueblo abandonado debido a una epidemia de cólera, en donde todavía habita el padre invidente del oficial sudista. Pero hasta allí llegarán dos desertores confederados y un grupo de pistoleros que pretenden apoderarse de un cargamento de oro confederado, y cuya presencia trastocará trágicamente los planes de Steve.

Película amarga, dura y sin concesiones con la codicia como tema principal, un deseo que termina por matar a los hombres, tanto desde el punto de vista moral (la mayoría de los personajes se convierte, ante la promesa de una riqueza futura, en bestias despojadas de cualquier atisbo de humanidad), como física (la avaricia les conducirá a un único camino criminal y a su propio aniquilamiento). Al mismo tiempo que se caracteriza por su tono desesperanzado, ya que prácticamente niega a aquellos que han tomado este camino la posibilidad de redimirse y con ella la esperanza de una nueva vida alejada de la violencia y el delito.


El filme cuenta con un guión bastante elaborado en el que participaron, entre otros, Vincenzo Cerami (novelista, dramaturgo y guionista, coautor de la ya reseñada en el blog “Tierra de gigantes” y nominado al Oscar por “La vida es bella”), el propio director, que retomará de “Django” el escenario en donde se desarrolla la parte central del filme (un pueblo prácticamente abandonado y lleno de barro que contrasta con los paisajes soleados y secos de sus alrededores) y Ugo Guerra (que en la posterior “Los desesperados” volvería a la idea de la epidemia como elemento dramático fundamental en el desarrollo de la historia), que presta especial atención a los diálogos, constituyendo un claro ejemplo el interrogatorio, con respuestas profundamente escépticas, al que somete Jonathan a Steve tras salvarlo de la horca ("¿Qué has hecho en estos últimos dos años? ¿Dónde has estado?". “Aquí y allá”. "¿Haciendo qué cosa?". “Viviendo”. “¿A dónde vas ahora?”. “Lejos de aquí”. "Siempre solo ¿no?". "Nací de esa manera"); y estructura el largometraje en tres partes:

- La introducción en la que se plantea la historia, se abre con una gran y violenta escena y sirve para mostrarnos la catadura moral del protagonista que no duda en disparar por la espalda a los individuos que quisieron lincharlo, al mismo tiempo que se plantea dejar sin enterrar al oficial moribundo porque según sus propias palabras no tiene tiempo.

- La parte central que se desarrolla en el pueblo fantasma de Overton, todo ella magnífica por el suspense y la atmósfera opresiva creados. En la que destacan las imágenes tormentosas nocturnas del pueblo como metáfora del explosivo carácter de los bandidos y del conflicto que se va a vivir, idea que me recordó a otros westerns tanto hechos en Europa (“Keoma”), como en Estados Unidos-(la mismísima “Sin perdón”) y, sobre todo, la larga y excepcional secuencia que se inicia tras ser capturado Steve y finaliza con un plano general en el que se ve a los pistoleros marcharse tras haber provocado la desolación, que por su fuerza, dramatismo, crueldad, brutalidad, planificación y montaje, creo, debería formar parte de la antología del euro western. Supongo que es por esta escena por lo que éste es uno de los spaghettis favoritos de Tarantino.


- El final en el que Steve, tras “resucitar”, da rienda suelta a su salvaje venganza. Lástima que, para mí, sea la parte más convencional y floja del filme, con un plan bastante simple y en la que se pierde el tono de profunda amargura, con unos Estados Unidos devastados por la guerra y unos soldados sudistas a los que sólo les espera la muerte o la deserción y el bandidaje, que presidía la película. Tono sólo recuperado al final de la misma.

Además, desde el punto de vista técnico, es una película con una factura impecable en la que destaca la estupenda labor del director de fotografía, Angel Filippini, y una gran labor de ambientación, fundamentalmente en el pueblo de Overton. Y a ello hay que añadir una buena banda sonora del habitual Gianni Ferrio con una melodía, “El desperado”, muy bien cantada por John Balfour que se repite con distintas variaciones, además de contar con varios temas muy acertados, bien utilizados y apropiados para la historia narrada.

El último elemento sobre el que se sostiene el filme son los actores, que en esta ocasión cuentan con personajes bastante interesantes caracterizados todos ellos por vivir al margen de la sociedad. Para el papel de Steve se escogió al galán Andrea Giordana, actor nacido en el seno de una familia relacionada con el cine (su madre, por ejemplo, era la actriz británica Marina Berti), que sólo rodó cuatro westerns pero de gran calidad (al año siguiente lo encontraríamos en “Johnny el Vengador” y en “Cuanto cuesta morir”, ambas ya reseñadas). En este filme, bajo el horroroso seudónimo de Chip Gorman, creo que transmite con acierto la complejidad de su personaje, un brutal pistolero que pierde toda posibilidad de regeneración al dejarse llevar por sus instintos asesinos y por su lado más oscuro en el tramo final de la película. Junto a él dos personajes femeninos que, como en “Arizona Colt” (película ya comentada en la que también participó en la producción Elio Scardamaglia) representan tipos muy diferenciados, por un lado la virginal Katy, a la que da vida Rosemary Dexter, quizás la última oportunidad de Steve para reinsertarse en la sociedad, y por otro la mundana Lucy, a la que prestó su rostro Dana Ghia, antigua amante de Steve y todavía enamorada de él que en un momento dado jugará un papel importante. Además también aparecen un flojo Franco Giornelli, actor de exigua carrera, en el rol de Asher, el líder de los bandidos que, creo, hubiera necesitado de un actor con mayor presencia, y el recurrente en este género Aldo Berti como Jonathan, un peculiar personaje, que recuerda al interpretado para “Un dólar entre los dientes” (película con su correspondiente entrada en este blog) al que le gusta disfrazarse de sacerdote y de juez, en lo que, creo, constituye una crítica velada a ambas instituciones. Mención aparte hay que hacer de Piero Lulli dando vida a Sam, el padre ciego de Steve, un personaje inhabitualmente positivo en su carrera con el que vuelve a demostrar que era uno de los grandes secundarios con los que se contó en este subgénero.

En definitiva, “El desperado” me ha parecido, a pesar de ciertos aspectos menos logrados (por ejemplo parece bastante improbable que Steve pueda timar a Sam haciéndose pasar por su hijo o el comentado e inferior tramo final) una pequeña joya poco conocida a descubrir por cualquier aficionado al spaghetti.


PUNTUACIÓN:

HISTORIA: 7
AMBIENTACIÓN: 8
DIRECCIÓN: 7
ACTORES: 7
MÚSICA: 7

MEDIA: 7,2